La noticia central es la declaración del cardiólogo Jorge Tartaglione en LN+: “75% genética y 25% estilo de vida” para una longevidad sana (La Nación, 27/2/2026). Vemos en esa fórmula una afirmación simplificadora que sirve para abrir el debate: reconocemos la influencia hereditaria, pero insistimos en que gran parte de la calidad de vida en la vejez depende de medidas individuales y colectivas que sí se pueden cambiar.
¿Es verdad que la genética pesa 75%?
La cifra que citó Tartaglione circuló ayer en varios medios y conviene ubicarla: él la presentó como una regla práctica para el público general (La Nación, 27/2/2026). Sin embargo, según revisiones basadas en estudios de gemelos y familias, la heredabilidad de la longevidad suele estimarse en torno al 20–30% en la literatura científica —es decir, bastante por debajo del 75% que citó el cardiólogo (revisión de estudios de longevidad, consenso científico). Además, la esperanza de vida global aumentó de alrededor de 48 años en 1950 a más de 72 años en 2019, lo que muestra que factores sociales y médicos cambiantes tienen un peso decisivo a lo largo del tiempo (ONU, World Population Prospects 2019). Conclusión: la genética importa, pero no es destino inmutable.
¿Qué podemos controlar en la práctica?
Las recomendaciones que destacó Tartaglione —alimentación, ejercicio, consumo moderado de alcohol y manejo del estrés— coinciden con guías internacionales. Por ejemplo, la OMS recomienda al menos 150–300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada para adultos para reducir riesgo de muerte prematura (OMS, 2020). Las enfermedades no transmisibles explican el 74% de las muertes globales, por lo que intervenir en estos factores de riesgo tiene impacto poblacional (OMS, 2021). Para quienes hoy tienen 60 años, como dijo el médico, la expectativa suele ser de 20–25 años más según su ejemplo práctico (La Nación, 27/2/2026), lo que subraya la oportunidad de mejorar esos años con cambios concretos.
Políticas públicas y el desafío argentino
Desde nuestra mirada territorial y social, la longevidad sana no se logra solo con consejos individuales. Necesitamos infraestructura sanitaria accesible, programas de prevención y entornos urbanos que promuevan la movilidad activa. En Argentina, las políticas públicas deben priorizar la atención primaria, la detección temprana de enfermedades crónicas y programas comunitarios que fomenten actividad física en los barrios. También es clave la calidad de la alimentación en poblaciones vulnerables: la disponibilidad y el precio de alimentos saludables condicionan la posibilidad real de llevar una dieta protectora. Observamos además que el aumento histórico de la esperanza de vida (ONU, World Population Prospects 2019) fue posible gracias a intervenciones colectivas: vacunas, control de infecciones y mejor acceso a atención. Por eso defendemos que, más que repetir una proporción fija entre genes y ambiente, el foco público sea en medidas comprobadas y en reducir las desigualdades que determinan quién vive más años y con mejor salud.
Cierre: equilibrio entre biología y política
No negamos la influencia genética que nos acompaña, pero desde la columna sostenemos que la mayor parte de la acción que prolonga la vida en condiciones saludables pasa por políticas y decisiones sociales. Recomendamos tomar las guías prácticas —actividad física según la OMS, control de factores de riesgo cardiovascular, reducción del consumo nocivo de alcohol— y exigir al Estado programas sostenidos que hagan posible que esas recomendaciones dejen de ser un privilegio y se conviertan en un derecho accesible para todos.