María Elena Otegui, ingeniera agrónoma, investigadora superior del Conicet y profesora titular de la Facultad de Agronomía de la UBA, falleció a los 66 años. Según La Nación, publicó más de 100 trabajos científicos en revistas internacionales y superó las 300 publicaciones en total; su trayectoria abarcó desde su graduación en 1982 hasta 2026, un periodo de 44 años de actividad profesional.

¿Qué legado deja en la producción de maíz?

Otegui fue una pieza clave para entender por qué el corrimiento de la siembra hacia fechas más tardías puede reducir riesgos climáticos y mejorar la estabilidad de los rindes. Sus estudios de ecofisiología exploraron procesos como el número de granos, el llenado y la interacción genotipo-ambiente; ese conocimiento ayudó a que productores y asesores adopten manejos más resilientes. La Nación destaca que sus trabajos permitieron consolidar la práctica del maíz tardío en la cadena productiva argentina, una transformación que se fue dando en las últimas décadas.

En términos concretos, su producción académica supera los 100 artículos internacionales y las 300 publicaciones totales, cifras que la ubicaron entre las voces más citadas del tema, según La Nación. Su reconocimiento incluyó el Diploma Konex 2023 y su incorporación a la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria. Su legado técnico se mide no solo en papers sino en decisiones de siembra que hoy usan miles de productores para mitigar variabilidad climática.

La ciencia entre la facultad y el lote

La biografía de Otegui cruzó aulas y campos: se graduó en la UBA en 1982, hizo una maestría en Balcarce, un doctorado en la Universidad París XI y un posdoctorado en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) en Minnesota. Fue investigadora superior del Conicet y trabajó en la Experimental Pergamino del INTA; además, fue profesora titular en la Fauba y co-directora de una especialización en mejoramiento genético vegetal. Esa trayectoria combinó investigación básica, transferencia y formación de recursos humanos.

Sus colegas destacaron su costado práctico: “Caminar un lote, un instante de una mirada te explica lo que después mirando papeles no encontrás”, frase que ella misma repetía. Según La Nación, dirigió numerosas tesis de grado y posgrado y formó a varias generaciones que hoy trabajan en universidades, organismos y empresas. Esa articulación entre enseñanza, investigación y extensión es la que convierte hallazgos académicos en cambios productivos palpables.

¿Qué falta del Estado para sostener este tipo de ciencia?

La partida de Otegui obliga a mirar las instituciones que sostienen trayectorias como la suya. Organismos públicos —Conicet, INTA y la universidad pública— fueron el escenario donde se generó ese conocimiento aplicado. Vemos con preocupación que la continuidad de esos aportes depende de financiamiento estable, carreras científicas previsibles y canales firmes de transferencia hacia el sector productivo.

Su carrera de 44 años (1982-2026) es un dato que ilustra cuánto tiempo y formación exige formar referentes: no se genera de un día para el otro. Exigimos, en coherencia con nuestra posición sobre la universidad pública, presencia estatal sostenida y transparencia en recursos para que la investigación aplicada no quede condicionada a ciclos presupuestarios volátiles. La pérdida de una figura así es también una llamada de atención: sin inversión sostenida se deshilacha la capacidad de la ciencia para explicar y mejorar prácticas productivas.

Un cierre humano y profesional

Más allá de cifras y políticas, el tono de los mensajes que la comunidad científica y el sector productivo difundieron tras su muerte subraya su perfil humano: generosidad, mirada crítica y compromiso con la formación. Su fallecimiento fue lamentado por entidades como Maizar, Aapresid e INTA, según La Nación. Perder a una investigadora con más de 300 publicaciones y una vida dedicada a vincular la universidad con el campo es perder una capacidad de conversación entre generaciones: la energía de los jóvenes y la experiencia acumulada que ella defendía.

En ese sentido, honrar su aporte pasa por sostener las instituciones públicas que permiten que la curiosidad —“poder hacerme preguntas”, como ella decía— se transforme en herramientas para productores y sociedad. Sin ese sostenimiento, los conocimientos que hoy nos ayudan a manejar la incertidumbre climática corren el riesgo de no reproducirse.