El hígado graso, o esteatosis hepática, es la acumulación excesiva de grasa en las células del hígado y hoy afecta a una porción importante de la población: se estima una prevalencia global cercana al 25% según un metaanálisis publicado en Journal of Hepatology. En la práctica esto significa que muchos pacientes con exceso de peso, diabetes tipo 2 o síndrome metabólico tienen riesgo aumentado, y a menudo la enfermedad no da señales hasta etapas avanzadas, por eso la clave es la detección precoz y la prevención.

¿Qué es exactamente y por qué nos debe importar?

La esteatosis puede ocurrir por consumo de alcohol o por causas no alcohólicas (NAFLD), siendo esta última la forma más frecuente. Observamos que NAFLD está asociada a condiciones metabólicas: por ejemplo, la prevalencia entre personas con obesidad puede llegar al 70–90% según revisiones clínicas, y en quienes tienen diabetes tipo 2 se estima alrededor del 55% (Journal of Hepatology; Clínica Mayo). Además, la carga de enfermedad a nivel global creció en las últimas décadas: datos del Global Burden of Disease muestran un aumento sostenido de la mortalidad y de los años de vida perdidos por enfermedades hepáticas crónicas desde 1990, lo que evidencia un problema en expansión que supera lo meramente clínico y exige respuestas de salud pública.

¿Cómo se detecta y qué síntomas deberían encender una alerta?

La mayoría de las personas con hígado graso son asintomáticas, según la Clínica Mayo, por eso la sospecha suele surgir por factores de riesgo o hallazgos analíticos. Los signos más visibles aparecen en etapas avanzadas: fatiga intensa, malestar o dolor en la zona superior derecha del abdomen, ictericia o hinchazón abdominal (ascitis). En términos de diagnóstico, la ecografía abdominal es la prueba de imagen de primera línea y detecta esteatosis cuando hay afectación moderada a marcada (habitualmente con más del 20–30% de hepatocitos grasos, según guías hepáticas). Las transaminasas alteradas pueden orientar, pero no son definitivas: muchas personas con NAFLD presentan enzimas hepáticas normales. Las sociedades científicas difieren sobre el cribado poblacional; la AASLD sugiere priorizar la evaluación en personas con factores de riesgo como diabetes y obesidad en vez de screening masivo.

¿Qué se puede hacer desde la alimentación y la consulta médica?

Los especialistas consultados por la Clínica Cleveland y la Clínica Mayo coinciden en que el principal tratamiento es modificar el estilo de vida. La evidencia clínica indica que una pérdida de peso del 7–10% puede mejorar la esteatosis y la inflamación hepática en pacientes con esteatohepatitis no alcohólica (NASH) según guías europeas y americanas. A nivel práctico recomendamos reducir el consumo de ultraprocesados y bebidas azucaradas, aumentar el consumo de verduras, frutas y proteínas magras, y mantener actividad física regular. En Argentina esto cobra especial relevancia: la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (INDEC, ENFR 2019) reportó que alrededor del 64% de la población adulta tiene sobrepeso u obesidad, con obesidad en torno al 25% —factores que multiplican la probabilidad de enfermedad hepática grasa. Por eso es imprescindible que el médico de cabecera pueda derivar a ecografía o a hepatología cuando corresponda.

¿Qué puede hacer el Estado y qué pasos dar si sospechás que la tenés?

Desde la columna insistimos en que la respuesta no es solo clínica: necesita políticas públicas sostenidas. La prevención requiere campañas para reducir el consumo de ultraprocesados y bebidas azucaradas, programas de actividad física en la comunidad y fortalecimiento de la atención primaria para seguimiento de personas con diabetes y obesidad. Si sospechás que podés tener hígado graso, el camino práctico es consultar al médico de cabecera, pedir análisis básicos (incluyendo función hepática), una ecografía abdominal y, si corresponde, derivación a especialistas. También es recomendable revisar vacunación contra hepatitis A y B y limitar consumo de alcohol. La detección temprana y el acompañamiento médico, sumados a políticas de prevención, son la combinación que puede frenar la progresión a cirrosis y complicaciones mayores.