Gabriel Rolón, en una entrevista en LN+, resumió la idea central: “Más que saber quién soy, quiero saber qué deseo”, y dijo que entre el deseo y la persona se interponen las voces ajenas y los mandatos familiares. Ese enunciado no es un consejo soft: es una mirada que cruza clínica y sociedad. Desde el psicoanálisis, Rolón interpela la vida cotidiana y la educación emocional; desde la calle, esa misma pregunta se topa con desigualdad, falta de servicios y escuelas que no ofrecen orientación. En una Argentina que cuenta 45.808.747 habitantes (INDEC, Censo 2022), la pregunta por el deseo es también una cuestión de políticas públicas y de acceso a dispositivos que permitan pensarlo y sostenerlo.

¿Qué dijo Rolón y por qué importa?

Rolón ubicó el problema en el cruce entre la voz parental y la voz social: “Estamos tan atravesados por opiniones ajenas que quedamos excéntricos a nosotros mismos”. Esa frase resume un fenómeno documentado en la epidemiología de la salud mental: la depresión afecta a 4,4% de la población mundial según la Organización Mundial de la Salud (WHO, Global Health Estimates, 2017). En términos prácticos, el reconocimiento del deseo no es mero ejercicio filosófico: incide en elecciones educativas, laborales y afectivas que condicionan trayectorias de vida. Desde la clínica, distinguir mandato de deseo reduce culpa y angustia; desde la política, exige acceso a atención psicológica y espacios de orientación en la escuela y la comunidad.

¿Cómo nos condicionan las voces ajenas?

Las expectativas familiares y sociales moldean decisiones cotidianas: a quién amar, qué estudiar, qué profesión elegir. En Argentina la estructura demográfica cambió: entre el Censo 2010 y el Censo 2022 la población creció aproximadamente 14% (INDEC, Censos 2010 y 2022), lo que altera demandas sobre escuelas, salud y empleo. En barrios populares esa presión se combina con falta de oportunidades y prestaciones públicas insuficientes, y convierte a la elección personal en una suma de cálculos impuestos. Vemos que muchas metas actuales responden menos a una pulsión interna que a un proyecto ajeno; para revertirlo hace falta tiempo, recursos y políticas que habiliten el ensayo y el error sin estigmas.

Falta Estado: servicios, registros y normativa

La Ley nacional de Salud Mental 26.657 (sancionada en 2010) definió un marco orientado a la atención comunitaria y el desmanicomialismo, pero su implementación quedó desigual en las provincias (Ley 26.657, 2010). A nivel regional, la OMS alertó que en numerosos países una fracción mínima del presupuesto de salud se destina a salud mental (WHO, Mental Health Atlas 2017). Eso contrasta con la demanda cotidiana de soporte psicológico que muchas familias expresan en las escuelas y centros de salud. Exigimos registros nacionales de prestaciones, transparencia en los recursos y equipos comunitarios: sin datos y sin servicios sostenidos, el llamado al autoconocimiento queda reservado a quienes pueden pagarlo.

Qué políticas hacen falta desde la escuela hasta el barrio

Proponemos medidas concretas: incorporar orientación vocacional y enseñanza emocional en la secundaria, formar referentes en atención primaria de la salud, y crear equipos de salud mental territoriales que trabajen con escuelas y clubes. La Ley 26.657 ya marca dirección: hay que profundizar su ejecución y financiarla de manera estable. También es clave formar docentes y equipos técnicos para que la pregunta “¿qué deseo?” no sea una consigna literaria sino una práctica acompañada. En definitiva, valorar el pensamiento sobre el deseo implica políticas que transformen la reflexividad individual en derechos colectivos: acceso a tratamiento, escuelas que orienten y barrios con redes que sostengan la exploración personal. Vemos la entrevista de Rolón como una oportunidad pública para reclamar presencia estatal sostenida, registros claros y una política integral de salud mental.