La carga de quienes cuidan a la vez a hijos y a padres se ha vuelto una situación estructural: hablamos de adultos de entre 40 y 50 años que cumplen roles simultáneos dentro del hogar, según la gerontóloga Claudia Viascán Castillo en La Nación (30/5/2026). Esa posición “en el medio” genera desgaste físico y emocional y plantea una pregunta central: ¿quién cuida a los que cuidan?
¿Qué está cambiando en las familias argentinas?
Observamos una transformación que Viascán llamó “gerontoglobalización”: más personas mayores viven más años y conviven dentro del hogar con otras generaciones. La nota cita casos concretos —“personas de 90 conviviendo con niños” y “personas de 70 con adolescentes”— que ilustran la mezcla de necesidades y ritmos distintos (La Nación, 30/5/2026). Esta configuración no es exclusiva de la Argentina; la especialista la liga a tres tendencias: mayor longevidad, maternidad tardía y descenso de nacimientos, que modifican la composición familiar y los ciclos de vida. En la práctica esto implica hogares con demandas múltiples: horarios de atención a la salud, acompañamiento escolar y necesidades de accesibilidad para mayores. Es un dato de organización cotidiana que obliga a repensar vivienda, transporte y servicios locales.
El desgaste y la desigualdad del trabajo de cuidado
Viascán subrayó que el trabajo de cuidado recae mayoritariamente sobre las mujeres: “es cultural que la mujer es la que cuida”, afirmó la gerontóloga (La Nación, 30/5/2026). Observamos que esa asignación cultural se traduce en sobrecarga laboral no remunerada, pérdida de oportunidades laborales y afectación de la salud mental de las cuidadoras. El artículo remarca la falta de formación: no hay capacitación sistemática ni protocolos domésticos para roles que implican manejo de medicación, movilidad asistida o soporte emocional. El desgaste es multidimensional —físico, emocional y psicológico— y a menudo invisible para las instituciones. Frente a ello, la respuesta pública sigue siendo fragmentaria: subsidios puntuales, algunas redes de atención y pocos programas de relevo o cuidados domiciliarios profesionales. Esa ausencia estatal amplifica desigualdades territoriales: barrios con menos servicios soportan la mayor parte de la carga.
¿Qué políticas hacen falta y cómo aplicarlas en el territorio?
Desde nuestra mirada, la solución no es solo asistencia a la familia, sino presencia estatal sostenida en políticas integradas: capacitación formal para cuidadores, programas de relevo (respite care), apoyo económico condicionado y expansión de servicios domiciliarios profesionales. Estas medidas deben articular salud, trabajo y desarrollo social para evitar que la responsabilidad recaiga únicamente en hogares. Debemos diseñar protocolos de formación técnica para auxiliares domiciliarios y campañas prácticas de educación para familias, porque “poner límites a los padres” o aprender a cuidar no es intuitivo ni está enseñado (La Nación, 30/5/2026). Además, es necesario garantizar espacios de contención psicosocial y líneas de ayuda locales con tiempos de respuesta medibles. Exigimos presencia estatal sostenida: investigación transparente, programas de capacitación y acompañamiento a quienes cuidan, especialmente en barrios y zonas rurales donde la oferta privada es inexistente.
Cierre: una agenda pública que no puede esperar
La cuestión del cuidado intergeneracional no es una cuestión privada: impacta el empleo, la salud pública y la igualdad de género. Observamos que la generación “en el medio” necesita apoyo inmediato y políticas de largo plazo. Los datos y testimonios de la nota de La Nación (30/5/2026) muestran la urgencia: adultos de 40 a 50 años firmemente en el centro de esta tensión, viviendo con personas de 70 y 90 años mientras crían hijos. Si el Estado no articula respuestas integradas, el costo social y económico recae sobre hogares y, en especial, sobre las mujeres. Proponer soluciones implica trabajar en territorio, con capacitación y recursos: esa es la decisión política que falta.