Carlos Alberto “Indio” Solari murió el 5 de junio de 2026 en su casa de Parque Leloir; tenía 77 años y, según La Nación, los médicos constataron su fallecimiento mientras la UFI N°2 de Ituzaingó, a cargo del fiscal Lucio Rivero, dispuso las actuaciones correspondientes sin señalar otras causas que no fueran la enfermedad de Parkinson (La Nación, 5/6/2026). Este primer dato abre la despedida pública y ofrece al mismo tiempo una lectura sobre la relación entre figuras culturales masivas y las políticas de salud.

¿Qué se sabe sobre su muerte?

Según la cobertura periodística, el operativo se montó en su domicilio en Parque Leloir y la UFI N°2 de Ituzaingó quedó a cargo de las actuaciones; La Nación consignó la fecha de fallecimiento, el apellido y la provincia de nacimiento del artista (La Nación, 5/6/2026). Solari había hecho público su diagnóstico desde 2015 —hace 11 años respecto a 2026— cuando declaró en Vorterix que no se trataba de cáncer ni sida y que se alejaba de los escenarios por tiempo indefinido (Vorterix, 2015, citado en La Nación). En marzo de 2016, en un recital en Tandil, confirmó: “Mr. Parkinson viene pisándome los talones” (12/3/2016, La Nación). Estas fechas permiten seguir la evolución pública de su enfermedad y entender por qué su deceso no tomó por sorpresa a quienes lo seguían.

Una trayectoria que marcó al rock argentino

Nacido en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949 (La Nación), Solari fue fundador de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y, luego, de proyectos como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y El Míster y los Marsupiales Extintos. Su voz y sus letras acompañaron a generaciones: el artista mismo dijo en una entrevista que llevaba “como 50 años” haciendo lo que decidió hacer (La Nación). Ese lapso —más de medio siglo— explica por qué su influencia excede el circuito comercial: no dependía de la marca sino de la presencia y la fidelidad de un público que se identificó con letras crípticas y rituales de concierto. En 2022 participó de la gira española de Los Fundamentalistas de forma virtual, reconociendo allí la progresión del mal de Parkinson y la adaptación de su actividad artística a las limitaciones físicas (La Nación, 2022). Su obra, por esto, se lee tanto en la música como en las formas de sociabilidad que generó.

La enfermedad, el tratamiento y la voz del artista

Solari habló con honestidad sobre el Parkinson: definió la dolencia como “muy jodida e invalidante” y contó que realizaba un tratamiento que, según sus palabras reproducidas por La Nación, lo mantenía “hace como siete años” (La Nación). También señaló el contraste entre su cuidado y el de quienes no tienen acceso a kinesiólogos o piletas de agua tibia para rehabilitación; esa observación es clave desde el punto de vista público: pone en evidencia inequidades en el acceso a tratamientos crónicos que dependen de recursos privados. No es un dato menor que una figura con recursos públicos y privados recordara que la misma enfermedad puede tener distintos pronósticos según el entorno y la cobertura sanitaria. Aquí reaparece una de nuestras consigas editoriales: la salud pública es un derecho y la presencia estatal es imprescindible para que las enfermedades crónicas no sean una sentencia desigual.

¿Qué deja para la escena y para las políticas públicas?

La pérdida de Solari reactiva preguntas culturales y políticas: por un lado, su rol como referente que manifestaba posiciones sobre la Justicia y la política —apoyó públicamente a Cristina Fernández y recibió a la expresidenta en septiembre pasado, según La Nación—; por otro, el debate sobre cómo la sociedad garantiza cuidados a quienes enfrentan enfermedades degenerativas. Su caso obliga a poner en agenda la cobertura de salud integral y la memoria colectiva de la música popular: ¿cómo preservamos la obra sin cosificar a la persona? Reivindicamos que el periodismo nombre a las víctimas y a las figuras con voz humana, que contraste versiones oficiales y que, cuando corresponde, señale las fallas estructurales. La despedida del Indio debe servir para recordar que la música moviliza multitudes y que la salud pública debe movilizar al Estado con igual sentido de urgencia.