La NASA detectó una masa de agua cálida en el Pacífico que elevó el nivel del mar alrededor de la costa peruana más de 15 centímetros por encima del promedio a largo plazo, un indicio claro de una ola de calor oceánica vinculada a la formación de El Niño (fuente: NASA). Esta observación por satélite (Sentinel-6) muestra ondas Kelvin cálidas que transportan calor desde el Pacífico occidental hacia la costa sudamericana y pueden anticipar cambios fuertes en lluvia y temperatura a escala regional.
¿Qué detectó exactamente la NASA y por qué importa?
Los satélites registraron una elevación del nivel del mar y calentamiento superficial señalados por investigadores del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) y la NASA: la altitud del mar alrededor de Perú excedió en más de 15 cm el promedio a largo plazo, y las primeras ondas Kelvin aparecieron en enero en Micronesia, para llegar a la costa sudamericana en mayo (NASA; Josh Willis, JPL). Los científicos señalan además que la fase de formación fue temporalmente más tardía que en 2015 y 1997, aunque las anomalías térmicas parecen superiores, lo que complica los pronósticos basados solo en precedentes. El dato importa porque El Niño condiciona la circulación atmosférica global y la corriente en chorro, y por eso modifica trayectoria y frecuencia de tormentas en distintos continentes (fuente: NASA; ECMWF).
¿Cómo nos afecta esto en la Argentina?
No hay un único mapa de impactos: El Niño puede traer lluvias intensas en algunas zonas y déficit en otras, y suele alcanzar su punto máximo entre noviembre y enero (fuente: NASA). Para la región pampeana y el NEA, el climatólogo Mario Navarro, director del Observatorio Meteorológico de Salsipuedes, anticipa un Niño “con características normales”: inicio suave en la primavera, fortalecimiento en octubre-noviembre y mayor intensidad entre enero y marzo; prevé también menos heladas que el promedio histórico —la media pampeana es de 52 heladas al año y para este invierno se esperan entre 28 y 38 según Navarro— (Observatorio Meteorológico de Salsipuedes). Esa variabilidad implica riesgos para la agricultura, para la gestión de embalses y para la planificación de caminos y logística rural; las cadenas productivas y las comunidades ribereñas deben preparar escenarios tanto para excesos hídricos como para sequías localizadas.
¿Qué deben hacer los gobiernos y las comunidades ahora?
La evidencia satelital ofrece semanas y meses para reforzar medidas de prevención: mejorar la monitorización costera, alertas tempranas para puertos y comunidades, y mantenimiento de rutas y desagües. Exigimos presencia estatal sostenida y coordinación interjurisdiccional para gobernanza de cuenca, combinación de obras grises y soluciones verdes, y planificación participativa con clubes, escuelas y organizaciones locales como actores de primera línea. En Santa Fe, por ejemplo, ya planteamos la necesidad de pensar en cuenca y adaptación; las políticas deben incluir mantenimiento de infraestructura, restauración de humedales y reserva presupuestaria para asistencia a productores y municipios (ver “Santa Fe y el agua: pensar cuenca, mantenimiento y adaptación climática”).
Cierre: datos para actuar
Los satélites y los centros de predicción (NASA, JPL, ECMWF) nos dan señales cuantificables: >15 cm de ascenso local del nivel del mar, primeras ondas Kelvin detectadas en enero y señales de intensificación durante la primavera-verano austral y el otoño boreal. Con esos datos, la respuesta tiene que combinar información pública y capacidad operativa: más estaciones de observación, inversiones en infraestructura y programas sociales para mitigar los efectos sobre la producción y los barrios más vulnerables. No alcanza con advertir: hace falta presencia estatal sostenida y gestión profesional para que la comunidad pueda prepararse y reducir riesgos.