Gabriel Rolón afirmó en el programa Perros de la Calle (Urbana Play 104.3, emisión del 6/5/2026) que “amar es volverse vulnerable”, y desde esa frase propuso desplazar la idea del amor como refugio seguro hacia la idea del vínculo como espacio de exposición medible y responsable (LA NACION, 6/5/2026). Esa declaración no es sólo una reflexión clínica: abre una conversación sobre cómo se construyen y sostienen las redes afectivas en contextos de mayor fragilidad social y de creciente demanda por servicios de salud mental.

¿Qué quiso decir Rolón y qué revela sobre los vínculos?

Rolón desarma la expectativa de invulnerabilidad: para él, la capacidad de amar pasa por permitir que el otro nos afecte, aun cuando eso implique dolor. “Sin un cierto grado de vulnerabilidad, uno no puede amar ni ser amado”, dijo en la entrevista; la frase sintetiza una postura psicoanalítica clásica que enfatiza la permeabilidad emocional como condición de relación verdadera. Desde la calle —como siempre miramos— esto se traduce en pequeños gestos: confiar un secreto, pedir ayuda, aceptar reclamos.

La reflexión cruza lo clínico y lo social: la disposición a exponerse depende también del contexto —economía, trabajo, redes de apoyo— que permite o limita esa apertura. Por eso no es lo mismo arriesgarse en un barrio con centros comunitarios y CAPS que en uno con deserción de servicios; la vulnerabilidad cambia de costo según el territorio.

¿Por qué nos cuesta aceptar la vulnerabilidad?

Aceptar ser vulnerables supone resignar una parte de la estabilidad personal a favor de una vida compartida, y eso incomoda porque implica riesgos concretos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) registró un aumento del 25% en la prevalencia de ansiedad y depresión durante el primer año de la pandemia (WHO, 2022), un dato que ilustra cómo situaciones colectivas elevan la sensación de fragilidad y hace más difícil abrirse. Además, la OMS estima que 1 de cada 8 personas vive con un trastorno mental en el mundo (WHO, 2022), lo que revela que la vulnerabilidad afectiva ocurre en un contexto donde muchas personas ya conviven con carga emocional y necesitan apoyos.

En términos prácticos, la resistencia a mostrarse frágil puede ser una estrategia de protección aprendida en entornos inseguros; sin embargo, termina aislando y limitando la posibilidad de vínculos reparadores. La tarea clínica que propone Rolón incluye aprender a diferenciar con quiénes conviene exponerse, una habilidad con raíces sociales y educativas, no sólo personales.

¿Qué implica esto para la política de salud pública y comunitaria?

Si aceptamos que la vulnerabilidad es condición del vínculo, las políticas públicas deben ampliar la infraestructura que sostenga a las personas cuando se exponen: atención primaria accesible, dispositivos de salud mental en territorios y capacitación de equipos locales. Hoy muchas demandas llegan a derivaciones tardías; la ausencia estatal en la calle incrementa el costo emocional de las devoluciones. Exigir presencia estatal territorial es coherente con la necesidad de contención: la salud mental no es un lujo individual sino un bien común.

Los números globales de la OMS señalan necesidades crecientes; traducir eso a una agenda local exige inversión y planificación. No proponemos soluciones de slogan: pedimos centros de contención cercanos, formación de referentes comunitarios y líneas de escucha con respuesta efectiva, para que la vulnerabilidad pueda ser compartida sin convertirse en sobreexposición peligrosamente sola.

Qué se puede hacer desde lo cotidiano y qué pedirle al Estado

En lo cotidiano, aprender a diferenciar con quiénes exponerse —como dijo Rolón— es un trabajo concreto: poner límites, cultivar redes confiables, y buscar ayuda profesional cuando la carga supera los recursos personales. Al mismo tiempo, el Estado tiene que garantizar condiciones para que esa ayuda exista en el territorio: más dispositivos comunitarios, políticas que reduzcan los riesgos sociales y programas de prevención.

No es una consigna teórica. Si la ciudadanía y los profesionales registran más demanda y más sufrimiento —como mostró el aumento del 25% de trastornos durante la pandemia (WHO, 2022)— la respuesta debe ser proporcional. Exigimos presencia estatal territorial y políticas integrales que fortalezcan la salud mental comunitaria, combinando inversión, gestión del talento y redes locales de contención.