La rumiación —esa cadena de pensamientos que no se detiene— puede aparecer incluso sin una amenaza concreta y terminar por afectar el sueño, la energía y la vida cotidiana. Según la OMS, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron un 25% entre 2019 y 2020, lo que sitúa a la rumiación en el centro de muchas consultas actuales. En la entrevista con Daniel Bogiaizian publicada por LA NACION (19/5/2026) se repasa cómo la preocupación pasa de herramienta adaptativa a trampa mental y qué prácticas ayudan a recuperar calma.
¿Por qué nos preocupamos tanto?
Vemos la preocupación como una estrategia de anticipación: intenta prever pérdidas o asegurar resultados favorables. El problema aparece cuando ese sistema de alarma se mantiene en funcionamiento sin descanso. La Organización Mundial de la Salud estima una prevalencia global de trastornos de ansiedad de aproximadamente 3.6% (OMS, Global Health Estimates 2017), y el salto de 25% entre 2019 y 2020 muestra cómo contextos de crisis amplifican el fenómeno. Bogiaizian recuerda que la rumiación funciona como una ilusión de control: genera actividad mental que parece hacer algo, pero no resuelve la situación real. En la práctica, esa dinámica eleva la tensión física: taquicardia, insomnio, contracturas. Reconocer cuándo la vigilancia mental ya no está al servicio de una acción concreta es el primer paso para intervenir.
¿Cómo impacta esto en la vida cotidiana y el trabajo?
La rumiación roba horas de atención y reduce la productividad real, además de afectar relaciones y descanso. En la nota de LA NACION se relata que Bogiaizian combinó en su vida la joyería con la terapia: a los 22 años ya tenía un negocio propio, lo que le permitió cambiar de rumbo profesional (LA NACION, 19/5/2026). Ese dato ilustra cómo experiencias laborales y económicas influyen en los recorridos personales de manejo emocional. La inseguridad laboral y la precariedad —tema que afecta gran parte del mercado de trabajo— tendrían un rol en mantener la vigilancia alta; para seguir ese hilo puede leerse el análisis sobre transformación laboral y empleo precario publicado en este medio. Cuando el entorno exige respuestas constantes, la mente responde incrementando chequeos y escenarios hipotéticos, y así se instala un círculo que termina perjudicando tanto al trabajador como al empleador.
Cómo cortar el circuito: prácticas que funcionan
La evidencia clínica y la experiencia de terapeutas coinciden en que la supresión de pensamientos es ineficaz. En cambio, medidas simples y replicables ayudan a desactivar la rumiación. Primero, bajar la tensión física: ejercicio moderado, respiración consciente o estiramientos reducen la activación autonómica. Segundo, ocupar la mente en actividades con sentido —hobbies, deportes, tareas sociales— desplaza la inversión mental hacia acciones concretas. Tercero, la autocompasión reduce la crítica interna que alimenta el perfeccionismo y la preocupación constante. Bogiaizian apunta también a reconocer el patrón: identificar cuándo comienza la rumiación permite interrumpirla antes de que escale. En paralelo, cuando la intensidad funcional está alterada (insomnio persistente, trabajo comprometido, aislamiento) es prudente buscar evaluación profesional.
Qué falta en la agenda pública y comunitaria
No alcanza con recomendaciones individuales: necesitamos políticas que reduzcan incertidumbre estructural. La OMS documenta subidas importantes en trastornos de salud mental en contextos de crisis; eso exige refuerzo de atención primaria, accesibilidad a tratamientos psicológicos y campañas que desestigmaticen la búsqueda de ayuda. Además, el lugar de trabajo debe incorporar estrategias preventivas: pausas, formación en manejo del estrés y entornos menos hiperexigentes. En barrios y redes comunitarias, promover espacios de ocio y juego —actividades que Bogiaizian destaca como restauradoras— puede ser tan preventivo como una intervención clínica. Vemos la preocupación excesiva como un síntoma social además de individual: atacar sus raíces implica acciones públicas, comunitarias y clínicas coordinadas.
Qué podemos hacer hoy
Detectar patrones repetitivos, bajar la tensión física y reservar tiempo para actividades no productivas son medidas inmediatas y accesibles. Si la rumiación interfiere con el sueño o el trabajo, conviene consultar: la combinación de psicoterapia focalizada y, cuando corresponda, intervención médica, tiene evidencia de beneficio. Reconocer que preocuparse no es sinónimo de responsabilidad puede liberar a muchas personas del mandato cultural que convierte la vigilancia permanente en prueba de seriedad. La rumiación puede entenderse y tratarse; al mismo tiempo, requiere que pensemos la salud mental como parte de la política pública y del vínculo comunitario, no sólo como asunto privado.