Un proyecto que parte de lo personal y va a lo colectivo
Mujeres al Volante nació de una experiencia íntima y hoy interpela la movilidad femenina en la Argentina: según la Agencia Nacional de Seguridad Vial, la proporción de mujeres con licencia pasó del 24% en 2009 al 35% en 2026. Esa cifra resume un avance pero también deja claro que aún hay un amplio margen de inclusión. La impulsora, Luly Dietrich, recuerda que manejó por primera vez a los 13 años y sacó la licencia a los 18, datos que contó en una entrevista con La Nación (2/6/2026). Desde esa biografía personal se construyó un proyecto que hoy articula talleres, encuentros y un libro, con la idea de transformar bloqueos emocionales en práctica y autonomía.
¿Por qué tantas mujeres no manejan?
La respuesta que propone el proyecto no es técnica: ‘el problema casi nunca es manejar’, dice Dietrich. Lo que aparece son mandatos, experiencias malas y un perfeccionismo que paraliza; muchas personas crecieron con bromas o comentarios que las convencieron de no poder. Ese fenómeno se alimenta en la socialización y en prácticas de enseñanza poco acompañadoras, según contó la fundadora a La Nación. Un dato para medir el cambio: la proporción pasó de 24% a 35% en 17 años (Agencia Nacional de Seguridad Vial), pero ese avance no explica la calidad del acceso ni la frecuencia de uso del vehículo por parte de esas mujeres.
Bloqueos emocionales y prácticas de enseñanza
En los talleres de Mujeres al Volante se trabalha el miedo como emoción aprendida que puede transformarse; Dietrich lo sistematiza en su libro Manejá tu miedo con amor. Después de casi dos décadas de trabajo, dice identificar patrones: gente que aprobó el examen y no volvió a subirse al auto, conductas que se limitan a circuitos muy conocidos y una ansiedad que crece con la exposición al tránsito. En ese diagnóstico las herramientas prácticas se combinan con espacios de escucha y ejercicios progresivos; la metodología apunta a bajar la exigencia del ‘hacer perfecto’ y a normalizar el error como parte del aprendizaje. El enfoque pone el énfasis en la experiencia humana tanto como en la técnica.
¿Qué puede y debe hacer el Estado?
Vemos que los avances individuales necesitan políticas públicas para consolidarse. Si hoy 35% de los registros de conductores corresponde a mujeres (Agencia Nacional de Seguridad Vial, 2026), la pregunta es cómo se traduce eso en autonomía real: más empleo, menos dependencia de redes informales de movilidad, mayor acceso a salud y educación. Exigimos presencia estatal sostenida en formación vial pública, campañas que desarmen estereotipos y subsidios a programas comunitarios que acerquen prácticas reales en barrios populares. La pandemia aceleró cambios en la movilidad y muchas mujeres empezaron a manejar por necesidad, pero sin una oferta pública sostenida esos cambios pueden ser frágiles o temporales.
Conclusión: manejo como metáfora de autonomía
Mujeres al Volante convierte una experiencia personal (una enseñanza en la casa, un Mehari, 13 años, licencia a los 18, según Luly Dietrich en La Nación) en un dispositivo colectivo: talleres y un libro que trabajan el miedo y la confianza. La comparación temporal es elocuente: 24% de mujeres con licencia en 2009 versus 35% en 2026 (Agencia Nacional de Seguridad Vial). Ese crecimiento muestra movimiento, pero la política pública debe acompañar para que no quede en cifras: necesitamos cursos accesibles, instructoras formadas en perspectiva de género, y un Estado presente que garantice infraestructura y educación vial pública. Solo así la conducción dejará de ser un privilegio y será, como propone el proyecto, una herramienta concreta de libertad y decisión.