El Obelisco de Buenos Aires celebró sus 90 años con una jornada de shows, mapping y visitas guiadas, y uno de los momentos más comentados fue el saludo grabado de Mirtha Legrand, que reivindicó su vínculo con la inauguración y la ciudad (La Nación). La pieza volvió a viralizarse en redes y generó mezcla de emoción y correcciones públicas sobre detalles cronológicos. También reabrió el debate sobre cómo se cuentan la historia y los símbolos en la ciudad.

Un recuerdo de Mirtha: mito, memoria o error?

El video de Mirtha fue emotivo y confuso. La nota registró que la conductora tiene 99 años (La Nación), y en su mensaje dijo haber sido llevada por sus padres para ver la inauguración del Obelisco cuando tenía ‘apenas unos días’ y, en otro pasaje, mencionó ‘teníamos ocho años’ (La Nación). Esa contradicción es relevante para entender el modo en que se construyen relatos públicos: mezclan percepción afectiva con datos verificables.

El dato verificable es simple: el Obelisco fue inaugurado el 23 de mayo de 1936 (GCBA). Señalar la fecha no busca desautorizar la emoción; busca pedir precisión cuando el recuerdo se pone en escena desde espacios institucionales o celebraciones oficiales. En redes, según la cobertura, el video recibió ‘cientos de comentarios’ que combinaron admiración y corrección (La Nación). Ese cruce entre afecto popular y verificación pública es un rasgo contemporáneo de la memoria compartida.

El Obelisco como símbolo y su dimensión pública

El monumento mide 67,5 metros de altura y fue diseñado por Alberto Prebisch, datos que el Gobierno de la Ciudad sostiene en su material oficial (GCBA). Más allá de la anécdota, el Obelisco funciona como escenario: protesta, festejo deportivo, recital o acto político. Ese uso plural explica por qué una figura mediática como Mirtha puede convertir su recuerdo personal en noticia nacional.

En 2025 el Obelisco sumó el Mirador, una propuesta turística que permite ascender a la cúpula mediante un elevador y una escalera caracol, con un recorrido de aproximadamente 20 minutos (La Nación / GCBA). Ese cambio es material: modifica cómo se interactúa con el monumento. Noventa años después de su inauguración, la incorporación del Mirador marca un salto en el acceso público frente a décadas en las que no se podía ingresar al interior (GCBA). La memoria urbana convive con decisiones de gestión y turismo.

¿Qué nos dice esto sobre memoria pública y presencia estatal?

Vemos tres tensiones claras. Primero, la relación entre afecto y verdad: los gestos simbólicos emocionan pero requieren precisión institucional cuando se presentan en actos públicos. Segundo, la gestión del patrimonio: abrir un mirador implica inversión, mantenimiento y reglas de uso; son decisiones que deben transparentarse hacia la ciudadanía (GCBA señala la apertura en 2025). Tercero, la voz social: las reacciones en redes y en la calle muestran que los vecinos y espectadores reclaman veracidad y contexto además del espectáculo.

Nuestra lectura es la de siempre: la memoria colectiva necesita equilibrio entre la emoción y la información verificable. Exigir presencia estatal territorial y transparencia en la gestión de los bienes culturales no es tecnicismo; es garantía de acceso y de que los relatos públicos no se conviertan en versiones únicas. Celebrar 90 años del Obelisco es también una oportunidad para sostener prácticas públicas que abran el monumento sin perder el rigor de la historia verificable (23 de mayo de 1936; GCBA).