La combinación de incertidumbre económica y agotamiento mental está permeando la vida sexual de muchas parejas argentinas: así lo describió la sexóloga Cecilia Ce en una charla pública, y así lo respalda el dato puntual del estudio del Centro de Investigaciones Sociales de la UADE, que señala que el 72% de los argentinos mayores de 50 sigue considerando el sexo como un aspecto clave de su vida (UADE, citado por La Nación).
¿Qué dicen los datos y por qué importa?
El diagnóstico combina percepción clínica y hallazgos cuantitativos. En consultorios y redes, Cecilia Ce detecta aumento del “agotamiento” y una caída en la satisfacción sexual ligada a la presión financiera. Ese dato cualitativo convive con cifras internacionales: la Organización Mundial de la Salud informó que los trastornos ansioso-depresivos aumentaron un 25% en el primer año de la pandemia (OMS, 2022), y estimó una prevalencia global de depresión del 4,4% (OMS, 2017). Estos números no son secundarios: cuando aumentan los trastornos mentales, la libido y la calidad de la experiencia sexual suelen resentirse. La combinación de aislamiento social, encarecimiento de salidas y logística de transporte crea barreras concretas para el encuentro, según la especialista.
¿Cómo impacta esto en los barrios y en la vida cotidiana?
Visto con un lente territorial, el impacto no es homogeneo. En barrios con servicios precarios y transporte caro, los jóvenes cuentan que las “salidas” se reducen a paseos gratuitos y las oportunidades de socializar caen. La sexóloga explicitó que la falta de recursos y la fatiga mental limitan el disfrute y la posibilidad de sostener vínculos. Esto tiene dimensión de salud pública: la soledad y el estrés crónico actúan como factores de riesgo para depresión y para rupturas afectivas que luego generan demanda en los servicios primarios. La problematización no debe estigmatizar a las víctimas: hablamos de personas concretas con hogares, trabajos y trayectos diarios que condicionan su vida íntima.
¿Qué puede y debe hacer el Estado?
La respuesta pública no pasa solo por recomendaciones individuales. Exigimos presencia estatal territorial en salud —consultorios, centros de salud mental y programas de educación afectivo-sexual— para atender la demanda y bajar la carga de angustia en la comunidad. Políticas que faciliten el acceso a atención psicológica en primer nivel, campañas de prevención y equipos móviles en barrios pueden mitigar el efecto del estrés económico. Además, las políticas fiscales y de ajuste deben integrar la dimensión de derechos: como planteó la CIDH, los ajustes fiscales deben respetar derechos sociales (https://diariosantafe.com.ar/politica/la-cidh-condiciona-el-ajuste-las-politicas-fiscales-deben-re-2026-05-14). Sin recursos territoriales, las recomendaciones terapéuticas quedan para privilegiados.
Cerrar con mirada humana y comparaciones en el tiempo
No es la primera vez que una crisis económica deja su huella en la intimidad, pero el contexto postpandemia complica el cuadro: la OMS ya documentó un incremento del 25% en ansiedad y depresión durante la pandemia (OMS, 2022), y esa base de vulnerabilidad ahora se superpone a la incertidumbre financiera. Conocer estas dinámicas permite desmitificar creencias: el deseo no es un simple interruptor. Intervenciones concretas —salud mental accesible, políticas que reduzcan la carga logística de la socialización y programas de acompañamiento afectivo en escuelas y barrios— son pasos que vemos necesarios para que la sexualidad deje de ser una preocupación más y recupere su papel en la calidad de vida.