La obra “El ser querido” es, en lo esencial, un unipersonal que instala la espera y la hipérbole sentimental dentro de una terapia intensiva: una sola actriz, Jorgelina Aruzzi, sostiene la narración mientras cuida a un hombre internado. La reseña publicada por La Nación el 30/5/2026 indica la dirección artística de Aruzzi, la puesta en el Teatro Astros (Corrientes 746) y una duración concreta de 70 minutos; todas esas cifras ayudan a ubicar lo que se verá en sala.

¿De qué se trata, en concreto?

La pieza plantea la tensión entre el afecto y la pertenencia: ¿quién es “el querido” y a quién le importa? En escena hay telas celestes que delimitan el espacio semiprivado de una terapia intensiva, dos sillas, una mesita, un metrónomo y una guitarra. La protagonista dialoga con interlocutores imaginarios —sobre todo con la hija del internado— y repite la consigna que tensiona la obra: “no reanimar”. La Nación consigna que la función es los miércoles a las 20 y que la obra sale 70 minutos; esa compacta duración permite que la acumulación de detalles y saltos de memoria no agote al público, sino que lo interpela. El relato entrega datos fragmentados —“lo conocí a los 17 años”— y construye, por concatenación, la biografía de un músico con problemas de alcohol.

¿Por qué funciona el humor donde parece tocar el drama?

La elección de un tono más cercano a la risa que al llanto es la clave de la puesta. Aruzzi arma un personaje sin filtro: dientes en mal estado, ropa remendada, gestos que no saben quedarse quietos; esa fisicidad convierte la escena hospitalaria en destino de ironías cotidianas. La comicidad surge de la disonancia entre el ritual del cuidado y la improbabilidad de los deseos: la mujer intenta un ritual musical, improvisa una guitarra para provocar un “milagro” donde la ciencia ya no alcanza. Desde la crítica, esto funciona porque desarma la solemnidad esperada en torno a la muerte y la enfermedad y obliga a escuchar lo que debajo late: abandono, lealtad ambigua y resentimiento. La reseña de La Nación (30/5/2026) registra esa tensión y destaca la economía escénica de la propuesta.

¿Qué dice esta obra sobre el cuidado y la institucionalidad sanitaria?

Aunque es una pieza teatral y no un reportaje, el material aborda problemas reconocibles: la precariedad del cuidador informal, la noche en una silla del hospital, la alimentación dejada de lado. Ver a una mujer pernoctar en una sala plantea preguntas que exceden el escenario: ¿qué redes de apoyo existen para quienes cuidan a una persona añososa? La obra no ofrece respuestas políticas explícitas, pero su realismo mínimo pone en primer plano una escena que en la vida cotidiana suele pasar desapercibida. La Nación describe el plantel técnico y de producción, y al enumerar créditos —autora, dirección, intérprete, diseño, música, fotografía y producción— la reseña deja claro que, aunque el texto se concentra en un solo cuerpo, detrás hay un equipo de al menos nueve roles creativos que sostienen la puesta (según La Nación, 30/5/2026). Esa visibilidad del equipo es un recordatorio: el unipersonal no es exactamente solitario fuera de escena.

La obra, además, juega con la temporalidad: concentra años de vida y contradicciones en 70 minutos, lo que produce un efecto de condensación que acelera la experiencia del espectador. La reseña apunta que la pieza privilegia la fragmentación narrativa —palabras y recuerdos sueltos— y que el humor amortigua el pathos sin despojarlo de gravedad. En términos estrictos de cartelera, la obra es una opción breve y densa para quien busque teatro íntimo en la avenida Corrientes. Según la reseña (La Nación, 30/5/2026), la función es en el Teatro Astros, Corrientes 746, y la propuesta confirma que, incluso con recursos mínimos, el teatro puede abrir preguntas sobre cuidados, familia y responsabilidad social.