La Marcha de la Vida en Auschwitz volvió a concentrar memoria pública y a poner sobre la mesa una pregunta simple y persistente: ¿qué hacemos con los testimonios mientras los sobrevivientes aún viven? Irene Shashar, de 88 años, fue elegida para portar una de las siete antorchas y habló desde la experiencia directa del gueto de Varsovia y de los escondites que le permitieron sobrevivir (según LA NACION).

Una mujer que encarna la memoria

Irene llegó a las vías de Birkenau y habló con fuerza: ‘Vivo para dar testimonio’. Su historia, relatada en LA NACION, incluye la huida por las cloacas del gueto de Varsovia cuando tenía 3 años, la pérdida de su padre y años de refugio en casas y conventos. Tiene dos hijos y siete nietos, habla varias lenguas y publicó un libro titulado Yo vencí a Hitler. Estos detalles personales importan porque transforman cifras abstractas en rostros concretos: el Holocausto costó la vida a aproximadamente 6.000.000 de judíos y en Auschwitz-Birkenau murieron cerca de 1.000.000, según el United States Holocaust Memorial Museum (USHMM). Recordar eso no es una abstracción, es la base para exigir enseñanza y políticas públicas de memoria.

¿Qué nos interpela en Argentina?

La delegación incluyó a alumnos de dos colegios judíos argentinos y a empresarios que impulsaron la visita, y LA NACION consignó que unas 5.000 personas de 30 países asistieron este año, una cifra ‘bastante menor que la habitual’ por restricciones en el espacio aéreo vinculadas al conflicto regional. Ese contraste temporal —1988, año de inicio de la Marcha, versus 2026, marcado por guerras y bloqueos aéreos— revela cómo la geopolítica condiciona las prácticas de memoria. Para la Argentina, la presencia de jóvenes escolares es una señal: las escuelas siguen siendo un lugar clave para transmitir la historia. También es un llamado a las autoridades para monitorear y prevenir brotes de antisemitismo en el país, ofrecer formación docente y garantizar la seguridad de las comunidades.

Memoria sin odio: la postura de una sobreviviente

Irene repite que vivir con odio ‘no lleva a nada’ y cuenta que se reunió con nietos y bisnietos de nazis que le pidieron perdón. LA NACION relata que aceptó tres encuentros y participó en una reunión en enero de 2025 con 13 descendientes. Ese gesto plantea un dilema ético: la historia exige justicia y memoria, pero también puede abrir espacios de reparación simbólica. Los testimonios directos sirven para contrarrestar negacionismos y relativizaciones. El historiador citado en la cobertura recordó que, en los momentos de mayor eficacia de la maquinaria nazi, murieron en promedio unas 12.000 personas por día en las cámaras de gas, una cifra que ayuda a comprender la escala industrial del exterminio y por qué la educación es imprescindible.

Qué falta: presencia estatal sostenida y políticas claras

La Marcha y la figura de Irene son un recordatorio de que la memoria no se mantiene sola. Es necesaria una política pública sostenida que incluya registro de testimonios, programas educativos, protección a las comunidades afectadas y monitoreo de delitos de odio. Vemos con preocupación cómo las crisis internacionales reconfiguran la agenda pública y atenúan la atención hacia la prevención local del antisemitismo. Exigimos, en esa línea, presencia estatal sostenida, transparencia y medidas específicas —desde capacitación escolar hasta protocolos policiales con perspectiva de género y derechos humanos—, una demanda coherente con nuestra posición sobre seguridad y la necesidad de políticas sociales integrales (ver cobertura sobre reformas de seguridad). Mientras queden sobrevivientes, hay una ventana para documentar historias vivas; cuando se cierre, la responsabilidad será de las instituciones.

Irene dijo en Auschwitz: ‘Yo vencí a Hitler’. Esa frase es una demanda: memoria activa, políticas públicas y vigilancia contra el olvido y la violencia simbólica que precede a la violencia real. Si la Argentina quiere honrar ese legado, debe convertir el gesto en políticas duraderas, no en actos puntuales ni en discursos de ocasión.